Desde que empezó el año hasta ahora he escrito unos cuantos posts, algunos sobre cosas tan mundanas como mi aversión a las peluquerías, los centros de estética, o cualquier lugar del tipo, algunos dirían “femeninos”, yo no sé si decir “frecuentados principalmente por mujeres”, pero bueno, ya nos entendemos; y otros, mucho más profundos, sobre los balances típicos que acompañan a estas fechas. El problema es que he descubierto que las mejores musas me visitan mientras camino, malditas ellas, y me pillan por sorpresa, desprovista de tinta, y mucho menos, de tecla, así que me repito las frases una y otra vez para ver si se fijan en algún lugar de la memoria en el que, obviamente, no se quedan. Al final esos posts resultan ser los más íntimos y efímeros de todos. Lástima. Os aseguro que el de mi aversión y el agobio que me producen los negocios arriba mencionados era la mar de gracioso, escrito mentalmente justo después de recibir varios disparos de láser, valorados en casi una décima parte de mi sueldo mensual (que no es que sea mucho -el sueldo, digo- pero la décima parte ya rasca), caminando de vuelta a casa todavía medio aturdida no sé si por la luz o por el olor a pollo quemado. Pues ahí se quedaron las palabras, en la calle San Roque. Porque todavía -todavía- me da un poco de vergüenza escribirle a la grabadora de voz del móvil. Cosas más raras se han visto, pero yo para eso soy bastante discreta, hablo y escribo sola por la calle, sí, pero en silencio, con algún gesto que otro, es cierto, pero nada alarmante para el viandante que pueda tropezarse conmigo.
En fin, que no puedo dejar constancia de lo mundano, pero sí quería inaugurar enero compartiendo la alegría por los principios que me ha traído el año con más unos que viviré (al 2111 no me importaría llegar, pero me parece que a) la creciente mejora de la esperanza de vida no me va a alcanzar y b) en cualquier caso, el planeta no parece estar muy por la labor (culpa viri).
Inauguramos década, inauguro el año fatal en el que dejaré de ser veinteañera (todavía me quedan seis meses para ir haciéndome a la idea y engañarme a mí misma con las cosas buenas que tiene subir al tercero), y lo inauguro cambiando de lugar de trabajo, no de oficio, pero sí de muchas circunstancias que rodean esta esfera de la vida de uno. Me mudo a la universidad del poeta, el de mi apellido y mis iniciales, rodeadita de palmeras y de mi cielo ilicitano. Me mudo a un pasillo en cuyas paredes cuelgan portadas de periódicos, fotos del conflicto palestino-israelí, frases de Kapuscinski (tantas veces faro de los que queremos pensar que el periodismo es un oficio para buenas personas). Me mudo a un despacho en el que tengo una mesa grande, y cajones, y más cajones, y estanterías, y corchos para ir construyendo mi pequeño santuario de medios y paz. Y puedo llegar a él en bici, o andando. Y todas esas pequeñas cosas ya me hacen un poquito más feliz.
Hoy he recibido mi primera visita, un chico colombiano que retoma la carrera. Ha sido el primero en sentarse en una de esas dos sillas que tengo enfrente y al marcharse he pensado que tal vez fuera una buena señal. Un café con una compañera de aventuras y desventuras pasadas y seguramente futuras con la que me reencuentro, un contarse-rápidamente-la-vida con una compañera nueva, desvirtualizada por fin, un darse cuenta de lo que se necesitaba y un ser consciente también de las otras personas a las que se echará de menos.
Pero la vida es también eso. Avanzar. Aceptar el cambio y vivirlo con intensidad cuando llega. Saber conservar lo valioso que se tiene. Intentar serte fiel en todo momento. Y disfrutar.
Para mí 2011 va a ser un año de construir y construir. Creo que he tenido la suerte de contar con buenos cimientos, gracias a todos y cada uno de ellos, ahora toca ir haciendo la casa. Que quede bonita y pueda acoger a mucha más gente bella.