Una vez me dijo, hace ya unos cuantos años, que algún día debería escribir su vida y yo le dije que sí, que no se me ocurría un honor más grande, y la propuesta pasó al cajón de los posibles, a la espera del momento oportuno. ¿Y cuándo llega el momento oportuno? No lo sé, yo confundo esas cosas, me parecen más fiables las corazonadas que las sesudas y ponderadas reflexiones a la hora de determinar cuándo es la ocasión perfecta para algo. Pero luego soy tan sesuda… Supongo que lo ideal es la correcta suma de ambas. O no. El caso es que, de vez en cuando, parece que es la propia vida la que se encarga de hablarte y responderte. Ya solo le faltan los brazos que te empujen… “estás ciega o qué!!!”
No hace mucho me acordé de él. ¿Qué habrá sido de su vida? ¿Dónde estará? ¿Cómo estará? Ojalá lejos de su infierno. Ojalá feliz. Ojalá limpio. Ojalá acompañado… ojalá tantas cosas…
Yo sé muy poco de sus sufrimientos… Conocí a Álvaro hace mucho tiempo en la parroquia del barrio, en San Vicente. Venía de la cárcel y del infierno de la droga, con cicatrices visibles en la boca y en el cuerpo. Recuerdo su muleta y sus dientes. Pero sobre todo me acuerdo de sus ojos, del más azul de los azules. Y recuerdo el brillo que en ellos había, a pesar de los muchos y tan hondos pesares. Álvaro tenía, y tiene, los ojos que les son dados a las personas inteligentes y de gran corazón. Tan buen conversador, con tantas ganas de hablar y compartir. Era un gustazo sentarse a su lado. Pero se le cruzó la mala suerte. O lo inoportuno. O vete a saber qué fue.
Ahora me doy cuenta de que guardo más sentimientos que datos sobre él. Que sólo sé que vino de la cárcel y de la droga, que vivió en la calle, que sus padres un día se rindieron y dijeron basta, que una hermana luchó por él… y que le encantaba leer a los filósofos. “Yo soy un filósofo de la vida”, me dijo un día.
Y un sábado muy frío de enero de 2011, con alguno de los viejos sueños cumplidos y tantas, tantas cosas en el cajón de los posibles, me volví a cruzar con él y con sus ojos azules en un aparcamiento subterráneo de Alicante. Ya no había muleta. Llevaba un uniforme:
- ¡¡¡¡¡¡Álvaro!!!!!!Cuánto tiempo sin verte… ¡¡¡ Qué sorpresa tan grande!!! ¿Cómo estás?¿Te acuerdas de mí?
Y sonriendo me dices que espere, que un momento, que sí…
- Te conozco de Elche…
- Sí…
- De San Vicente…
- Sí…
- Periodista…
- ¡Sí!
Y nos damos un abrazo. Y me dices que no pudiste felicitar a Florencio por su cumpleaños que fue el otro día, sí, el día 10, pero que ya no tienes su número. Y te digo que no te preocupes, que me voy a Barcelona a vivir unos meses y que seguramente lo veré y que le daré recuerdos tuyos. Y me dices que sí, que sí, que se los dé. Que le diga que te he visto, que estás muy bien.
- Dile que llevo cuatro años trabajando. Que soy una buena persona.
Y te doy otro abrazo porque sé que es verdad, que lo eres. Y me voy feliz porque ya sé donde puedo encontrarte y porque tal vez, tal vez, he vuelto a llegar a ti porque tengo que contar tu historia. Tengo que contar que sí, que se puede. Y que eres feliz.



