

Todo lo llena este dolor insoportable, esta pena tan inmensa, esta tristeza infinita de saber que todos los días que quedan vendrán sin ti. Te vamos a echar mucho de menos. Mucho, Pascual. Ni te imaginas cuánto.
Dentro de un mes y medio voy a viajar a este país. Lo que siento por dentro es tan inmenso que ninguna unión de palabras sería capaz de expresarlo con la mínima lealtad exigible. Todavía no he llegado pero ya hay una parte de mí que se acerca a Ruanda, y me atraviesa. Me rebasa al tiempo que me asusta. Pero quiero estar allí, quiero respirar su aire, mirar a los ojos de su gente, sentirlos, reír, tal vez llorar… Y llenarme de la fuerza con la que, estoy segura, debe de brotar allí la vida después de un pasado reciente tan lleno de odio, de muerte y de fantasmas.
Ya tengo parte del alma en Ruanda y quiero que una de sus miles de historias sea parte también de este almario. La cuenta la costamarfileña Véronique Tadjo, en un pequeño libro escrito después de un viaje a este pequeñito rincón del África negra, “La sombra de Imana”. Leedla despacio, sentid.
Hay coincidencias que ponen los pelos de punta. Precisamente ayer terminaba de escribir con una compañera un artículo sobre la crisis del derecho al asilo en España para la Revista Migraciones Forzadas que comenzaba hablando del tremendo caso de Mohamed Haddad (y cuántas historias personales similares o incluso peores existirán que desconocemos). Copio aquí la introducción que redactamos:
“El pasado 21 de diciembre de 2009, el caso de Abdoulaye Coulibaly saltaba a la primera plana de los principales medios de comunicación españoles. Coulibaly, un ciudadano maliense de 22 años, que había llegado en cayuco a las costas de Tenerife ocho meses atrás, se convertía en el primer negro albino procedente de Malí al que el Gobierno español concedía el Estatuto de Refugiado, reconociendo así el peligro que podría correr su vida debido al simbolismo mágico que suele asociarse al color de su piel en determinados rituales de brujería, según explicaba a la agencia EFE su abogada, Rocío Cuéllar. Su fotografía se exhibió por toda la prensa como el retrato del éxito, una imagen diametralmente opuesta a la del marroquí Mohamed Haddad quien, un día después, el 22 de diciembre, iniciaba una huelga de hambre, en el Centro Temporal de Inmigrantes (CETI) de Ceuta, después de que el Ministerio del Interior le denegara el asilo y dictara una orden de expulsión en su contra. Haddad solicitó asilo luego de haber sufrido por más de cinco años arbitrariedades, persecución y presiones por parte de la policía secreta marroquí (Direction de la Surveillance du Territoire, DST), desde que fuera acusado por error de ser uno de los autores materiales de los atentados del 11-M en Madrid, y a pesar de haber sido posteriormente exculpado de ello.Hoy, leo con estupefacción que Haddad ha sido expulsado a Marruecos, y, según cuenta su hermano, ha abandonado la huelga de hambre. Salvando las distancias, seguramente a nuestros “jefes” no les interesaba mucho otro bombardeo mediático -huelga de hambre mediante- después del caso de Haidar, seguramente, y tristemente, hay huelgas y huelgas, y Haddad lo estaba teniendo más difícil para hacer escuchar su voz. Aun así, su hermano apunta certeramente en la diana cuando dice que “se han dado mucha prisa en echarlo porque sabían que estaba consiguiendo cada vez más apoyo y solidaridad”.
Me da un poco de rabia todo esto… la impotencia que deberán sentir sus familiares y el propio Haddad. Creo que los medios deberían hacerse eco más seriamente [en periodismohumano.com lo hacen] de la crisis que atraviesa el sistema de protección internacional para las personas que huyendo de graves violaciones de derechos humanos tratan de llegar a nuestro país buscando refugio y que lejos de mejorar, con la nueva Ley de Asilo, no hace más que dar pasos atrás.
Precisamente Haddad recibió la notificación de la denegación de su solicitud de asilo y la orden de expulsión el 2 de diciembre de 2009, casi seis meses después de haberla formalizado. En septiembre, y habiendo pasado los 60 días desde que pidiera asilo, Haddad solicitó la autorización que, según la ley de asilo anterior (de 1984), le correspondía, para permanecer en España mientras se tramitaba su solicitud. La Audiencia le notificó el trámite pero no le dieron ninguna documentación. Entretanto, un mes después (el 15 de octubre), el Congreso aprobaba la nueva ley, y con ella ya en vigor, unos días después, se le deniega la solicitud. ¿Un retraso intencionado?
Espero, sinceramente, que esta injusticia abra públicamente un poco más el debate sobre el retroceso que supone la nueva ley de asilo, que según han denunciado AI y CEAR llega incluso a contravenir algunos principios proclamados en la Declaración de Ginebra. Y espero también que Haddad pueda regresar a España dignamente.
Ya se sabe. Las mujeres y las niñas son uno de los grupos que más sufre las consecuencias de las guerras y los conflictos armados, y las sufren en su propio cuerpo… aunque las heridas son de ésas que trascienden la frontera de lo físico. Se calcula que durante el genocidio de Ruanda entre 250.000 y 500.000 mujeres fueron violadas. Muchas de ellas quedaron embarazadas, otras contrajeron el VIH a consecuencia de las agresiones sexuales y muchos de los hijos e hijas de la guerra nacieron con el mismo estigma. ¿Cómo ayudarlas a superar el trauma de la violencia sexual, la memoria del horror del que fueron testigos? Project Air es una ong norteamericana que ha encontrado una fórmula novedosa que está dando unos resultados espectaculares: el yoga. Por primera vez el yoga forma parte del programa de intervención médica de una ong en zonas de conflicto y postconflicto; y su valor es tal que hasta la ONU ha reconocido públicamente la utilidad de esta disciplina oriental en la mejora de la salud mental y física de las mujeres de Ruanda.
Lee la historia completa en Suite101: Yoga contra las cicatrices del genocidio
hoy mis dientes rotos cumplen 19 años…
Aquella noche de finales de junio jugábamos en la terraza de detrás de la Niza mientras los papás y las mamás se tomaban algo. Todas niñas, nos ocupábamos de competir a ver quién era la primera en saltar una valla. “La primera que la salte es la más lista…”, “La primera que la salte es la más guapa…” No hace falta decir que, competitiva como la que más pues así me parió mi madre, fui la primera en saltar la valla, pero de bruces contra el suelo. Mis hermosas paletas fueron a dar con la esquina de la baldosa cuadrada dejando un fantástico vacío en foma de triángulo que me asemejaba en aquél entonces al cantante de Duncan Dhu… Me rompí los dientes. Y se acabó el juego.
Lo que siguió fue una larga historia…
Llueve. Llueve mucho. Tanto que la luz se irá en cualquier momento.
Por fin vuelvo a escuchar el desordenado ruido del agua.
Let’s read…
Descalzos
Cuando uno anda descalzo por la vida, concibe de a poco otra definición del mundo. Los pies reciben en sus plantas el sentido cabal de lo que pisan, ya sean baldosas, yuyos, caminos, hierbas, adoquines, praderas, bulevares, collados, veredas o andurriales.
Lentamente, los pies van aprendiendo qué es la tierra, o sea este planeta que nos ha tocado en suerte. Las plantas descalzas comienzan ignorantes, pero lentamente se van volviendo sabias. La superficie por la que andamos tiene su lenguaje y nos va instruyendo. Los pies descalzos elevan su informe y gracias a esa gratuita desnudez, vamos sabiendo algo más, tanto de los otros como de nosotros mismos.
El mundo descalzo no precisa de filtros, simplemente nos da lecciones de realidades varias.
Los pies pueden lastimarse y dejan huellas de sangre, que suelen servir de guía a los descalzos de segundo rango. Uno mismo, cuando va descalzo por su entorno, llega a creer impunemente que el mundo es suyo. Pero no lo es. Unas pocas veces pertenece a ciertos fantasmas que nunca dejan huellas.
No sé por qué tengo la loca intuición de que el mundo acabará perteneciendo a los descalzos. Que me perdonen los pies del homo faber omnipotente.