En algún momento de agosto la vida se interrumpió. Las malas noticias dejaron de ser tan malas, se quedaron en meras anécdotas casi sin importancia ante la llegada abrumadora de una tormenta que se aventuraba aún peor. Llegó. Nos barrió. Se nos llenó el cielo de nubes negras y las noches de horas amargas e interminables. La perspectiva de una enfermedad terrible e imbatible en el horizonte redujo a la más absoluta de las nimiedades las preocupaciones anteriores, que si el Ministerio me había denegado la estancia en Colombia, que si qué voy a hacer ahora, que qué pasa con la tesis, que si no me puedo permitir económicamente irme de mi bolsillo, que si la ANECA, que la FPU, que si la jodida crisis y los recortes… Bla, bla, bla.
De repente todo se paraliza. Un mes en blanco y en suspenso, sin más luz que las velas a San José, con la esperanza de que siga habiendo algo más allá que pudiera cambiar el rumbo de lo que parecía, tan injustamente, destinado a ser. La angustia. Y el milagro. Septiembre empezó a ser septiembre después de una operación de seis horas y un tumor menos envenenando el cerebro de una persona extraordinaria que todavía tiene muchas cosas que hacer en esta vida. Septiembre empezó un martes y 13 en el que la medicina sumó 2 y 2, con la suerte de que el resultado, esta vez, no fuera 4.
Parece que septiembre quiere empezar a ser. Que las nubes negras poco a poco se van desvaneciendo y en el horizonte, cambiado, sí, porque en esta vida las cosas no siempre son como las piensas, se dibuja al menos la oportunidad de luchar por lo más importante.
Y después de lo que va primero, la nueva yo que ahora soy en este nuevo nosotros en el que este no-mes nos ha transformado, podrá volver a ocuparse de aquello que en agosto le parecía tan determinante y decisivo. De su tesis, su trabajo y todas esas cosas con las que los seres humanos llenamos nuestro ego y el tiempo que nos ha sido prestado en este planeta.
Nuestra vida no es más que eso. Un préstamo. Empezamos una nueva partida.